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Los primeros campos de concentración soviéticos fueron levantados en 1918. Eran un antiguo sistema de trabajo forzado llamado “Kátorgas” que estaban en Siberia, allí iban los que criticaban al régimen Zarista. El campo más sanguinario era el de Vecheká, era imposible escapar de allí.

Las personas consideradas peligrosas para el Estado iban a parar allí. Los delincuentes comunes, prisioneros de la guerra civil rusa entre rojos y blancos, los oficiales acusados de corrupción, los políticos acusados de malversación de fondos, disidentes, enemigos políticos, personajes de la cultura con opiniones en contra del Estado… incluso obispos y sacerdotes de la iglesia ortodoxa fueron al Gulag.

Según la categoría que ocupaban eran destinados a uno u otro barracón, por ejemplo los delincuentes comunes eran los que menos vigilancia tenían en cambio los disidentes y enemigos políticos, la intención era que durasen poco y sufrieran mucho, de paso para delatar a sus compañeros.

La Unión Soviética cogió los malos vicios de la Rusia Zarista y con un decreto de 1929 volvió a restaurar el Gulag dirigido desde el Politburo y la policía secreta y el servicio de espionaje, el KGB.

En 1930 los campos de concentración aumentaron su número de “visitantes” por la paranoia de la conspiración creció como la espuma con Stalin. La gran purga fue del 37-38, detenciones en masa y largos períodos de prisión, acusados en su mayoría por minucias o falsedades como enemigos de la patria y acusados de hacer actividades contrarrevolucionarias.

Mientras el país se industrializaba, los clientes de los Gulags seguían creciendo a espaldas de la sociedad soviética, tema tabú entre los habitantes del país. Cuando estalló la segunda guerra mundial y Alemania invadió la Unión Soviética, el número de presos en los Gulags de Siberia descendió muchísimo. La razón no era otra que hacían falta hombres para construir carreteras y armas y otros para ir al frente.

Cuando acabó la contienda, volvió la paranoia stalinista y se volvieron a llenar los Gulags, en 1950 había dos millones y medio de presos. Oficialmente dejaron de existir en 1960, más de un millón de muertes en estos campos de exterminio.

Trabajando de sol a sol en las frías tierras de Siberia construyendo puentes, carreteras y vías del tren, el que no moría de frío, lo hacía famélico o de puro cansancio, la mayoría se intentaban suicidar. El que aguantaba después tenía que aguantar a los presos que menos vigilancia tenían, los asesinos y los delincuentes y eso si no era acusado por un miembro del ejército con castigos extras para minar su moral como cavar una zanja una y otra vez.

Sigue siendo a día de hoy tema tabú en Rusia. Putin dijo en su día “Cuentan más las victorias que los capítulos más oscuros de la historia” con esto se dice todo. Los Gulags eran lo más parecido a un campo de concentración Nazi, no tan perverso, digamos que el carácter ruso es menos práctico que el alemán y los soviéticos buscaban el desgaste poco a poco del prisionero. Si te interesa el tema hay un escritor ruso que es obligatorio leer: Aleksandr Solzhenitsyn y su novela Archipiélago Gulag. Fue premio Nobel y fue superviviente de un Gulag.

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